OPINIÓN. EL CORDERO Y EL RUGBIER

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Una manada de adolescentes hipermasculinizados asesinan a otro en Villa Gesell. El fin de semana anterior, mientras el gobierno argentino lanzaba su plan contra el hambre, dos empresarios se arrojaban comida desde un helicóptero. Violencias que a veces pretenden ser mostradas como exabruptos, pero que tal vez muestran conductas tristemente arraigadas.

Por Ignacio Navarro @___igmar

Sin la consabida “viralización”, lo del cordero debería haber sido tan sólo un chiste irresponsable e irrelevante entre dos empresarios prepotentes.

Vienen a la mente esas imágenes de Matías Garfunkel y Victoria Vanucci posando sobre el cuerpo de un león asesinado, o el Rey de España fotografiado junto a un elefante después de la cacería.

¿De dónde vino esa indignación popular? ¿Por qué la opinión pública condenó tan masivamente el lanzamiento del animal sobre la pileta de Federico Álvarez Castillo? El riesgo aeronáutico que supone el lanzamiento de un objeto desde esa altura queda opacado por cosas mucho más graves en otros planos.

Etiqueta Negra comenzará a observar cómo caen sus ventas y se desvanecen sus alianzas comerciales. La automotriz Jeep anunció que cesó sus lazos comerciales con la marca de ropa del dueño de la pileta en donde cayó el cordero.

Castillo y Bernasconi, seguramente asesorados de inmediato por los abogados amigos que veranean con ellos en la costa uruguaya, salieron con rapidez y coordinación a desligarse del lanzamiento del animal sobre su piscina. Se pusieron a sí mismos como víctimas y negaron cualquier conocimiento del origen de ese vuelo.

Hicieron su propio “No tuve relaciones con Lewinsky” de Clinton. Mintieron descaradamente. Cuanto a todo el mundo ya le había resultado sospechoso que las “víctimas” del supuesto “atentado” estallen en carcajadas al ver caer el animal desde el cielo directo sobre su pileta.

Algunos días después, la coartada quedó en evidencia con la confesión de Pacha Cantón. Para entonces la condena popular era tan válida como ensordecedora.

Que se sepa, la única situación en las que es válido arrojar alimento desde un avión o un helicóptero es en medio de una crisis humanitaria. Sin ese marco, el gesto se vuelve absurdo y ofensivo para todos; pero sobre todo para la enorme parte de la población Argentina y latinoamericana que atraviesa por estos años de crisis una situación de carencia y privaciones.

La imagen no puede ser peor: mientras el gobierno argentino comienza a implementar un plan para combatir el hambre, un empresario arroja un cordero desde los aires en Punta de Este, ciudad balnearia identificada con lo más superficial y retrógrado de la burguesía local. Tirar manteca al techo reloaded.

La emocionalidad de la opinión pública no iba a dejar pasar un hecho de estas características.

Finalmente, y tal vez para sumarle otro poroto de crueldad a la escena, Cantón, el empresario que mostró tal desprecio por este bicho tan sagrado, es el mismo que hace algunos años atropelló a toda una familia con su lancha en el Tigre.

Comparado con eso, lo de Cantón y Álvarez Castillo fue un blef, una guerra de comida entre dos burgueses ricos y satisfechos llevada a escala aérea. Lo único que lograron poner en evidencia, una vez más, es el desprecio, la impunidad y la omnipotencia de quienes sienten que todo lo pueden.

El cordero es un animal legendario que en la tradición religiosa cristiana posee una simbología muy fuerte. Para esta y otras religiones es un animal que representa habitualmente a la inocencia y la pureza. Eso lo convierte en un objeto casi mágico que expresa un reconocimiento acerca de la existencia grupal.

El sacrificio del cordero, o “chivo expiatorio”, servía en su origen más arcaico como una forma de mantener vinculada a la comunidad consigo misma a través del sacrificio de una víctima propiciatoria. La tribu, el grupo, la sociedad en su conjunto, purgaba sus culpas a través de la ejecución de un inocente. La destrucción de la pureza como recurso para mantenerse unidos era un mecanismo regulatorio de los grupos más primitivos.

El homicidio ocurrido el fin de semana pasado en Villa Gesell reenvía a la comunidad hacia sus costados más tribales y despiadados. Aspectos que a veces consideramos completamente superados pero que fatalmente regresan. Aunque en este caso la violencia no se ve envuelta en ningún halo místico, sacrificial; se trato simplemente de una actualización estúpida y malévola a manos de una banda de hombrecitos con ínfulas de boxeadores.

Es una de esas situaciones que muestran como hay ciertas preguntas que tal vez la sociedad prefiere no hacerse a sí misma. Como cuando se trata de explicar el caso desde argumentos que tienen que ver solamente con los contenidos,  como “son chicos”, “tomaron alcohol”, “son rugbiers”, y no apuntan a analizar un procedimiento: el asalto y asesinato en manada.

Pensarlo de esa manera, como la función antropológica de algo más lejano, a veces puede servir para ofrecer una reflexión desde el presente.

Finalmente la pregunta es sobre por qué se repiten patrones de comportamiento violento en ámbitos tan alejados y distintos. La jauría de perros rabiosos y la patota de hombres sobrexitados. Resabios de conductas ya superadas que siguen ahí y esperan su momento para emerger.

Fernando Sosa Baez. Asesinado en Villa Gesell a manos de una patota de violentos.

Por eso cada vez resulta más intolerable que sigan ocurriendo asesinatos como el de este fin de semana en Villa Gesell. Fue indignante el acto fallido de la UAR: hablaron de “fallecimiento”. A Fernando Sosa Baez lo remataron entre varios en el piso, ya estando inconsciente.

¿De dónde viene esa maldad? Burbujas de animalidad y religiosidad reaparecen sin aviso. Los delitos en manada nos recuerdan a un tipo de humano que ya creíamos desaparecido. Convivimos cotidianamente con esa violencia. Pero aún así nos sorprendemos cuando muestra su explosión más extrema.

Los muertos de las hinchadas de fútbol y los muertos de la banda policial (ambas formaciones expertas en eso de andar en manada y asesinar) tal vez contabilizan sus lápidas en el mismo pabellón del cementerio antropológico. La misión será transformar la fatalidad y el azar, que históricamente encubría a los violentos y a los perpretadores, en voluntad y responsabilidad sobre los actos individuales.

Nadie puede pensar que estos rufianes de veinte años son asesinos seriales, ni sicarios. Son apenas el crujido de una comunidad alborotada que no puede tomar nunca finalmente el total control sobre sí misma.

La justicia llegará. Pero también habrá que hablar con ellos, escucharlos para entender. Porque, finalmente, la consigna no era tan difícil: no matarás.

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